Noche 14 – Historia del tercer saaluk

¡Oh gloriosa señora! no crea que mi historia encierra menos maravillas que las de mis compañeros. Porque mi historia es infinitamente más asombrosa aún.

Si sobre estos compañeros míos pesaron las desgracias, motivadas por el Destino y la fatalidad, otra cosa fué respecto a mí. Si estoy afeitado y tuerto, yo tengo la culpa, pues me atraje la fatalidad y llené mi corazón de penas y zozobras.

¡Helo aquí! Soy rey, hijo de rey. Mi padre se llamaba Kassib y yo era su único hijo. Cuando murió el rey, mi padre, heredé su reino, y reiné y goberné con justicia, haciendo mucho bien entre mis súbditos.

Pero tenía gran afición a los viajes por mar. Y no me privaba de ellos, porque la capital de mi reino estaba junto al mar, y en una gran extensión marítima pertenecíanme numerosas islas fortificadas. Una vez quise ir a visitarlas todas, y mandé preparar diez naves grandes y llenarlas de provisiones para un mes, dándome a la vela. Esta visita duró veinte días, al cabo de los cuales, una noche se desencadenó contra nosotros un viento contrario, que se prolongó hasta la aurora. Entonces, calmado un poco el viento y suavizado el mar, al salir el sol vimos una isla, en la que podíamos detenernos. Fuimos a tierra, hicimos algo de comer, y descansamos dos días en espera de que la tempestad terminara, y luego zarpamos. El viaje duró otros veinte días, hasta que en uno de tantos perdimos el derrotero, pues las aguas en que navegábamos eran tan desconocidas para nosotros como para el capitán. Porque el capitán, realmente, no conocía este mar. Entonces le dijimos al vigía: “Mira con atención el mar”. Y el vigía subió al palo, descendió después y nos dijo al capitán y a mí: “A la derecha he visto peces en la superficie del agua, y muy lejos, en medio de las olas, una cosa que unas veces parecía blanca y otras negra”.

Al oír estas palabras del vigía, el capitán sufrió un cambio muy notable de color, tiró el turbante al suelo, se mesó la barba, y nos dijo: “¡Os anuncio nuestra total pérdida! ¡No ha de salvarse ni uno!” Luego se echó a llorar, y con él lloramos todos. Yo le pregunté entonces: “¡Oh capitán! ¿Quieres explicarnos las palabras del vigía?” Y contestó: “¡Oh mi señor! Sabe que desde el día que sopló el aire contrario perdimos el derrotero y hace de ello once días, sin que haya un viento favorable que nos permita volver al buen camino. Sabe, pues, el significado de esa cosa negra y blanca y de esos peces que sobrenadan cerca de nosotros: mañana llegaremos a una montaña de rocas negras que se llama la Montaña del Imán, y hacia ella han de llevarnos a la fuerza las aguas. Y nuestra nave se despedazará, porque volarán todos sus clavos, atraídos por la montaña y adhiriéndose a sus laderas, pues Alah el Altísimo dotó a la Montaña del Imán de una secreta virtud que le permite atraer todos los objetos de hierro. Y no puedes imaginarte la enorme cantidad de cosas de hierro que se ha acumulado y colgado de dicha montaña desde que atrae a los navíos. ¡Sólo Alah sabe su número! Desde el mar se ve relucir en la cima de esa montaña una cúpula de cobre amarillo sostenida por diez columnas, y encima hay un jinete en un caballo de bronce, y el jinete tiene en la mano una lanza de cobre, y le pende del pecho una chapa de plomo grabada con palabras talismánicas desconocidas. Sabe ¡oh rey!, que mientras el jinete permanezca sobre su caballo, quedarán destrozados todos los barcos que naveguen en torno suyo, y todos los pasajeros se perderán sin remedio, y todos los hierros de las naves se irán a pegar a la montaña. ¡No habrá salvación posible mientras no se precipite el jinete al mar!”

Dicho esto, ¡oh señora mía!, el capitán continuó derramando abundantes lágrimas, y juzgamos segura e irremediable nuestra pérdida, despidiéndose cada cual de sus amigos.

Y así fué; porque apenas amaneció, nos vimos próximos a la montaña de rocas negras imantadas, y las aguas nos empujaban violentamente hacia ella. Y cuando las diez naves llegaron al pie de la montaña, los clavos se desprendieron de pronto y comenzaron a volar por millares, lo mismo que todos los hierros, y todos fueron a adherirse a la montaña. Y nuestros barcos se abrieron, siendo precipitados al mar todos nosotros.

Pasamos el día entero a merced de las olas, ahogándose la mayoría y salvándonos otros, sin que los que no perecimos pudiéramos volver a encontrarnos, pues las corrientes terribles y los vientos contrarios nos dispersaron por todas partes.

Y Alah el Altísimo, ¡oh señora mía!, me quiso salvar para reservarme nuevas penas, grandes padecimientos y enormes desventuras. Pude agarrarme a uno de los tablones que sobrenadaban, y las olas y el viento me arrojaron a la costa, al pie de la Montaña del Imán.

Allí encontré un camino que subía hasta la cumbre, y estaba hecho de escalones tallados en la roca. En seguida invoqué el nombre de Alah el Altísimo, y…

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *