Pero cuando llego la 11ª noche

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando la joven se echó a reír, después de haberse indignado, se acercó a los concurrentes, y dijo: “Contadme cuanto tengáis que contar, pues sólo os queda una hora de vida. Y si tengo tanta paciencia, es porque sois gente humilde, que si fuéseis de los notables, o de los grandes de vuestra tribu, o si fueseis de los que gobiernan, ya os habría castigado”.

Entonces el califa dijo al visir: “¡Desdichados de nosotros, oh Giafar! Revélale quiénes somos, si no, va a matarnos”. Y el visir contestó: “Bien merecido nos está”. Pero el califa dijo: “No es ocasión oportuna para bromas; el caso es muy serio, y cada cosa en su tiempo”.

Entonces la joven se acercó a los saalik, y les dijo: “¿Sois hermanos?” Y contestaron ellos: “¡No, por Alah! Somos los más pobres de los pobres, y vivimos de nuestro oficio, haciendo escarificaciones y poniendo ventosas”. Entonces fué preguntando a cada uno: “¿Naciste tuerto, tal como ahora estás?” Y el primero de ellos contestó: “¡No, por Alah! Pero la historia de mi desgracia es tan asombrosa, que si escribiera con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería una lección para quien la leyera con respeto”. Y los otros dos contestaron lo mismo, y luego dijeron los tres: “Cada uno de nosotros es de un país distinto, pero nuestras historias no pueden ser más maravillosas, ni nuestras aventuras más prodigiosamente extrañas”.

Entonces dijo la joven: “Que cada cual cuente su historia, y después se lleve la mano a la frente para darnos las gracias, y se vaya en busca de su destino”. El mandadero fue el primero que se adelantó, y dijo: “¡Oh señora mía! Yo soy sencillamente un mandadero, y nada más. Vuestra hermana me hizo cargar con muchas cosas y venir aquí. Me ha ocurrido con vosotras lo que sabéis muy bien, y no he de repetirlo ahora, por razones que se os alcanzan. Y tal es toda mi historia. Y nada podré añadir a ella, sino que os deseo la paz”.

Entonces la joven le dijo: “¡Vaya! llévate la mano a la cabeza, para ver si está todavía en su sitio, arréglate el pelo, y márchate”. Pero replicó el mozo: “¡Oh! No; ¡por Alah! No me he de ir hasta que oiga el relato de mis compañeros”.

Entonces el primer saaluk entre los saalik, avanzó para contar su historia, y dijo:

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