Pero cuando llegó la 17ª noche

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven Zobeida no dejó de instar al mancebo, y de inspirarle el deseo de seguirla, hasta que éste consintió.

Y ambos no cesaron de conversar, hasta que el sueño cayó sobre ellos. Y la joven Zobeida se acostó entonces y durmió a los pies del príncipe. ¡Y sentía una alegría y una felicidad inmensas!

Después Zobeida prosiguió de este modo su relato ante el califa Harún Al-Raschid, Gaifar y los tres saalik:

“Cuando brilló la mañana nos levantamos, y fuimos a revisar los tesoros, cogiendo los de menos peso, que podían llevarse más fácilmente y tenían más valor. Salimos de la ciudadela y descendimos hacia la ciudad, donde encontramos al capitán y a mis esclavos, que me buscaban desde el día antes. Y se regocijaron mucho al verme, preguntándome el motivo de mi ausencia. Entonces les conté lo que había visto, la historia del joven, y la causa de la metamorfosis de los habitantes de la ciudad, con todos sus detalles. Y mi relato los sorprendió mucho.

En cuanto a mis hermanas, apenas me vieron en compañía de aquel joven tan hermoso, envidiaron mi suerte, y llenas de celos, maquinaron secretamente la perfidia contra mí.

Regresamos al barco, y yo era muy feliz, pues mi dicha la aumentaba el cariño del príncipe. Esperamos a que nos fuera propicio el viento, desplegamos las velas y partimos. Y mis hermanas me dijeron un día: “¡Oh hermana! ¿qué te propones con tu amor por ese joven tan hermoso?” Y les contesté: “Mi propósito es que nos casemos”. Y acercándome a él le declaré: “¡Oh dueño mío! mi deseo es convertirme en cosa tuya. Te ruego que no me rechaces”. Y entonces me respondió: “Escucho y obedezco”. Al oírlo, me volví hacia mis hermanas y les dije: “No quiero más bienes que a este hombre. Desde ahora todas mis riquezas pasan a ser de vuestra propiedad”. Y me contestaron: “Tu voluntad es nuestro gusto”.

Pero se reservaban la traición y el daño.

Continuamos bogando con viento favorable, y salimos del mar del Terror, entrando en el de la Seguridad. Aun navegamos por él algunos días, hasta llegar cerca de la ciudad de Bassra, cuyos edificios se divisaban a lo lejos. Pero nos sorprendió la noche, hubimos de parar la nave y no tardamos en dormirnos.

Durante nuestro sueño se levantaron mis hermanas, y cogiéndonos a mí y al joven, nos echaron al agua. Y el mancebo, como no sabía nadar, se ahogó, pues estaba escrito por Alah que figuraría en el número de los mártires. En cuanto a mí, estaba escrito que me salvaría, pues en cuanto caí al agua, Alah me benefició con un madero, en el cual cabalgué, y con el cual me arrastró el oleaje hasta la playa de una isla próxima. Puse a secar mis vestiduras, pasé allí la noche, y no bien amaneció, eché a andar en busca de un camino. Y encontré un camino en el cual había huellas de pasos de seres humanos, hijos de Adán. Este camino comenzaba en la playa y se internaba en la isla. Entonces, después de ponerme los vestidos ya secos, lo seguí hasta llegar a la orilla opuesta, desde la que se veía en lontananza la ciudad de Bassra. Y de pronto advertí una culebra que corría hacia mí, y en pos de ella otra serpiente gorda y grande que quería matarla. Estaba la culebra tan rendida, que la lengua le colgaba fuera de la boca. Compadecida de ella, tiré una piedra enorme a la cabeza de la serpiente, y la dejé sin vida. Mas de improviso, la culebra desplegó dos alas, y volando, desapareció por los aires. Y yo llegué al límite del asombro.

Pero como estaba muy cansada, me tendí en aquel mismo sitio, y dormí aproximadamente una hora. Y he aquí que al despertar vi sentada a mis plantas a una negra joven y hermosa, que me estaba acariciando los pies. Entonces, llena de vergüenza, hube de apartarlos en seguida, pues ignoraba lo que la negra pretendía de mí. Y le pregunté: ¿Quién eres y qué quieres?” Y me contestó: “Me he apresurado a venir a tu lado, porque me has hecho un gran favor matando a mi enemigo. Soy la culebra a quien libraste de la serpiente. Yo soy una efrita.

Aquella serpiente era un efrit enemigo mío, que deseaba violarme y matarme. Y tú me has librado de sus manos. Por eso, en cuanto estuve libre, volé con el viento y me dirigí hacia la nave de la cual te arrojaron tus hermanas. Las he encantado en forma de perras negras, y te las he traído”. Entonces vi las dos perras atadas a un árbol detrás de mí. Luego la efrita prosiguió: “En seguida llevé a tu casa de Bagdad todas las riquezas que había en la nave, y después que las hube dejado, eché la nave a pique. En cuanto al joven que se ahogó, nada puedo hacer contra la muerte. ¡Porque Alah es el único Resucitador!”

Dicho esto, me cogió en brazos, desató a mis hermanas, las cogió también, y volando nos transportó a las tres, sanas y salvas, a la azotea de mi casa de Bagdad, o sea aquí mismo.

Y encontré perfectamente instaladas todas las riquezas y todas las cosas que había en la nave. Y nada se había perdido ni estropeado. Después me dijo la efrita: “¡Por la inscripción santa del sello de Soleimán, te conjuro a que todos los días pegues a cada perra trescientos latigazos! Y si un solo día se te olvida cumplir esta orden, te convertiré también en perra”.

Y yo tuve que contestarle: “Escucho y obedezco”.

Y desde entonces, ¡oh Príncipe de los Creyentes! las empecé a azotar, para besarlas después llena de dolor por tener que castigarlas. ¡Y tal es mi historia! Pero he aquí, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que mi hermana Amina te va a contar la suya, que es aún más sorprendente que la mía”.

Ante este relato, el califa Harún Al-Raschid llegó hasta el límite más extremo del asombro. Pero quiso satisfacer del todo su curiosidad, y por eso se volvió hacia Amina, que era quien le había abierto la puerta la noche anterior, y le dijo: “Sepamos, ¡oh lindísima joven! cuál es la causa de esos golpes con que lastimaron tu cuerpo”.

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